El mundo es para nosotros

Alguien dijo algún día que el 14 de febrero es para los amantes. Para las parejas que se quieren y han enlazado sus corazones. Lo llamaron San Valentín, y tampoco me interesa saber su historia porque veo este día como algo absurdo.

Porque los amantes
no necesitan de un día
para amarse.

El amor y la amistad pueden prescindir de una fecha porque todos los días son 14 de febrero para quienes se quieren con el corazón y no con los ojos o la boca. De esas personas que prometen haber llegado para no irse nunca y lo han cumplido. 

Como la Vendedora de Felicidad o Pequeño Corazón.
El 14 de febrero recordamos que es nuestro día, y no San Valentín. 

El 14 de febrero recordamos 
que hemos logrado estar juntos
un año más.


Y que lograremos estarlo mucho más.

Escribo sobre vosotras, Rosas de mi Asteroide, porque ya son tres años.
Siempre diré que son pocos para todo lo que hemos vivido juntos. Que no caben tantas cosas en 1.095 días. Tantas batallas libradas, tantos corazones rotos, tantas risas y tantas historias que contamos a las estrellas no caben en mi baúl del tiempo, y tengo la sensación que son más años de los que creemos.
Pero no es así. Son tres. Simple y llanamente tres años. Pero ¿sabéis el secreto?


Nuestra amistad
no se mide con el tiempo
sino con las aventuras
y desventuras
vividas.

¿Os imagináis, pues, cuánto tiempo es esto?


A pesar de que existan situaciones que impidan vernos, no nos separamos porque ya nada puede hacerlo. No existe algo capaz de romper nuestro gran Trío, y no lo habrá jamás porque es imposible que, después de todo lo pasado, algo logre que tomemos diferentes caminos.
Caminaremos por los mismos senderos porque es lo que llevamos haciendo todo este tiempo.

Que las aventuras son mejor a vuestro lado, y prefiero rescatar mil tesoros a perder el vuestro. Visitar lugares mágicos y salir vivos de las cuevas oscuras, aprender lecciones de todos nuestros errores y recordar que, tras cada uno, habrá una enorme recompensa. Detrás de cada fallo sé que vendrá algo mejor, y, si sale mal, dará igual porque estaréis ahí, para los finales felices y los finales tristes. Y de ellos, incluso de los capítulos que acaban bien, haréis un final mucho mejor al que el destino tenía escrito para nosotros. ¿Veis por qué no creo en él? Sus historias acaban de una manera diferente, pero siempre monótona; nuestros recorridos siempre terminarán a vuestro lado, y ese es el mejor final que se le puede dar a una buena novela.

Disfrutar de los días de plata bailando con mis Rosas. Escribir días juntos y vivir novelas cada vez que pisamos el mundo. El tiempo desparece entonces y juro que me siento totalmente infinito (gracias, Charlie). Jamás terminaremos de correr con nuestras botas de aventuras, destrozadas de haber visitado tantos escenarios desérticos. Volar y descubrir a qué saben las nubes, hacer envidiar a los pájaros y saludar a las estrellas cuando pasamos por su lado.

Tal vez solo seamos tres, como los años que llevamos juntos, pero no nos hace falta nadie más.


Los tesoros más pequeños
acaban siendo los más valiosos.

Solo nosotros tenemos la llave que abre este baúl, siendo los únicos que podemos observar en su interior para recordar las ilusiones y los sueños que nos hacen seguir adelante.



Todo este tiempo he aprendido mucho de vosotras, y desde luego fuisteis (y sois) las que más criaron al Principito cuando estaba solo en un mundo cruel, así que os merecéis algo muy grande por haberme hecho fuerte. Por haberme enseñado a ser yo mismo y a no esconder mis virtudes a la gente, y mucho menos mis defectos. He aprendido que los complejos solo existen si tú quieres que existan, porque la belleza no se ve con los ojos, sino con el corazón y con el alma. Que lo mejor para un corazón roto es una buena dosis de felicidad con sabor a menta (frío, para matar el dolor) vendida por la mejor artesana, la Vendedora de Felicidad, y empaparse del cariño que reparte una persona pequeña pero muy grande: Pequeño Corazón.
Sé que con estas personas a mi lado estaré seguro en las fauces de un dragón o en la boca del lobo.

El 14 de febrero nunca será, para mí, el día de los enamorados, ni mucho menos. 
El 14 de febrero siempre será el día en que echo la vista atrás, observando todo el tiempo y las historias que hemos escrito y finalizado con los mejores finales, y veo las risas que he regalado a vuestro lado. Siempre será nuestro día. Es nuestro.

Pero un día me parece poco, así que ¿por qué no el mundo?

El mundo es para nosotros.

Corred, que nos está esperando.


Y quiere que corramos por sus adoquines amarillos,
pero sin encontrar al Mago de Oz
para no finalizar nunca nuestro camino.


-Principito.

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