Hablar con las estrellas

Loquere: hablar.
Cum: con.
Stella, -ae: estrella.
Cum stellae loquere: hablar con las estrellas.

Con el paso del tiempo, uno aprende que en algún momento de su vida se encontrará solo, incluso si no lo está, y necesitará de alguien para llorar. ¿Y quién es, entonces, si no habrá nadie? La respuesta es sencilla: quienes siempre han estado y estarán contigo; qué contrariedad, ¿no es así?

Un día, El Chico de las Estrellas me enseñó a soplar a la Luna. Soplarle tus más ansiados deseos en la Noche de San Juan, o cuando tú quieras. En mitad de la noche, cuando está en su máximo esplendor... Así, yo descubrí a dos personas muy especiales que me acompañaron desde entonces, sin haberme dado cuenta de que las había conocido mucho antes de soplar por primera vez a la Luna: el Principito y Peter Pan. Ellos llevaban viviendo en mi ser cuando ni si quiera sabía de ellos; vivían como ideales, como metas, como formas de vivir y maneras de afrontar el camino de baldosas amarillas, tales como observar el mundo con los ojos incrédulos de un niño, propio del Principito, y no querer crecer por miedo a volverse un adulto, junto a Peter Pan. Ellos existían como meros valores, pero no fue hasta el momento de soplar a la Luna cuando aparecieron y pude poner nombre a esos ideales infantiles del mundo.

El primero de ellos fue en concreto un Niño Perdido: Peter Pan, que apareció tras la propia Luna. Tal vez llegase hasta allí por alguna desviación desde Nunca Jamás. Ya sabéis...: la segunda a la derecha y todo recto hasta el amanecer. Él me enseñó, simple y llanamente, a no crecer. A vivir aventuras contra piratas y cocodrilos como un niño, volar con polvos de hada (o que no son de hada).


El segundo, también un niño, llegó de imprevisto en un día de inspiración, sin yo esperarlo. No supe para qué llegó, aunque más bien debí de preguntarme cómo llegó, porque fue algo que aún desconozco. Lo primero que me dijo fue:
-¿Qué te parece este dibujo? Lo dibujó un amigo mío. Es aterrador, ¿no crees? A mí me espanta -realmente, él estaba aterrorizado.
Lo observé y me di cuenta de que era un sombrero, tan simple como la propia pintura.
-No me lo pondría para ir a una fiesta, desde luego. No me gustan mucho los sombreros. Entiendo que te asuste, porque es uno muy feo.
-¿Qué sombrero? -preguntó. Entonces empezó a reírse muy fuerte. 
Más tarde comprendí de qué se trataba. Logré darme cuenta de lo adulto que me estaba volviendo.


Él era el Principito, y venía también de las estrellas. En concreto, del asteroide B-612, no mucho más grande que él. Pero... es un camino muy largo para una persona tan pequeña, ¿no? Bueno, pues... él me contó que había venido volando; pero no de la misma manera que Peter Pan, pues jamás había conocido a un hada, sino por pájaros. Había aprovechado la migración de una bandada de pájaros silvestres para aferrarse a ellos y llegar hasta aquí. Sorprendente, ¿a que sí? Eso solo lo hace quien no teme: un niño.


Y aquí viene lo importante:
Las estrellas eran tan iguales, tan gemelas, que no sabía diferenciar cuál era el asteroide B-612 o por dónde se iba al País de Nunca Jamás, así que, para mí, todos los caminos acababan llevandome allí y todas las estrellas eran ese asteroide. 
Gracias, Antoine, por haberme revelado este secreto.

Así, aunque ni Pan ni el Principito estén conmigo físicamente, sé que arden en mí gracias a la fe en mis (sus) valores y de saber que se ocultan tras la luz de las estrellas. Por eso sé, y puedo asegurar con total certeza, que cuando habló por las noches con las estrellas ellos me escuchan al lado de su Rosa o con los demás Niños Perdidos, porque están en todas ellas.


¿Véis por qué debemos llorar con la noche? En algún lugar, alguien nos escuchará anhelar, desear. Echar de menos a alguien.
Sin embargo, a veces usar tu voz es poco eficaz. El mensaje puede llegar dañado o poco claro, así que ideé un sistema para que, de cualquier manera, las estrellas me escucharan. Vamos, te lo enseñaré. Es de noche y puedes hacerlo. Solo necesitarás un papel, algo para escribir y una vela, o en su defecto algo que emane fuego. De acuerdo, ¿estás listo? 
Primero encoge tu corazón. Es algo primordial, ya que debemos hacerlo desde el más profundo sentimiento.
Después escribe aquello que quieres que sepan las estrellas. Algo breve: tres, cuatro o cinco palabras, no hace falta que no sea un texto (a no ser de que sea para alguien que ya no está). No importa si en el proceso se resbala una lágrima; sálvala del olvido, por supuesto, pero deja un poco de ella en la carta, como firma de tu sentimiento. Cuando hayas acabado, dóblalo dos veces y sella el papel con tus labios, depositando el mayor amor que tengas en ese momento en la carta, haciendo saber que de verdad lo quieres, que deseas que sea así. Ahora acerca el papel a la vela, deja que se prenda, que consuma tu deseo, y déjalo volar con el viento hacia la noche de los tiempos, donde brillan las estrellas, que tienen sus buzones abiertos para escucharte. La carta se convertirá en cenizas, en algo que desaparece y no vuelve, y llegará a las estrellas, que te escucharán de buen grado. 
¿Y sabes qué es lo mejor de todo esto? Que secarán tus lágrimas y se alinearán para hacerte feliz, posicionándose una tras otra para dibujar una brillante sonrisa en el cielo nocturno. Mira, mira. Ahí viene. ¿La ves? Yo sí. Es preciosa...
No te preocupes. Tu carta no volverá, pero eso no importa. Recuerda el otro secreto de Antoine:

No se ve bien
sino con el corazón.
Lo esencial
es invisible a los ojos.


Además, ¿quién te dice que, al hablar con las estrellas, una no te guiñe un ojo y veas una estrella fugaz en ese cielo encapotado de ellas? En ese momento no te hará falta ningún truco ni soplar a la Luna, simplemente cierra los ojos y suspira para esa estrella viajera que recoge todos nuestros sueños, los anhelos de quienes han tenido el privilegio de observarla. Habrá un momento en el que brille mientras cruza la noche... eso significa que ellas prometen cumplir tu deseo. 



Tu sueño. Tu esperanza. Esa espera cuando echas de menos a alguien. 

Los horizontes se unen, 
por muy distanciados que estén, 
cuando dos personas están mirando 
al firmamento 
con la esperanza de encontrarse.

Así, también puedes utilizar a las estrellas como mensajeras para decirle a alguien lo mucho que le echas en falta, lo que quieres a esa persona o, simplemente, que quieres que vuelva. Te prometo, ellas te prometen, que lo escuchará.
Al fin y al cabo, las estrellas siempre estarán brillando en la noche para escucharnos.


-Principito.

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