Amor propio

Una de las cosas que aprendí a lo largo de estos últimos años ha sido quererme a mí mismo por puro placer. Hasta entonces lo había hecho porque pensé que era lo correcto, pero al final logré que estar a gusto conmigo mismo se convirtiera en una rutina, un sendero moral para perfeccionar mi actitud, mi personalidad, para que naciera el Principito y para ser yo mismo.
He aquí las dos personas que colaboraron a ello: la Vendedora de Felicidad y la Chica de la Risa Eterna.

La primera de ellas, tal vez la más poderosa de mis Ángeles Custodios, es una gran artesana. Y además, única en el mundo, porque solo ella sabe fabricar pura felicidad entre sus manos, incluso cuando el día se ha declarado en huelga de brillar. Posee unos ojos verdes preciosos, a menudo confundidos con marrones, y una cara hermosa, de una niña que se ha negado a crecer, guapa en todos sus ángulos.
Como si se tratara de magia, ella tiene un poder tan curativo que obliga al arcoiris a brillar cuando todavía no es el momento; la Vendedora de Felicidad reparte este magnífico sabor de menta a todo el que la rodea, como si fuera un efecto colateral de estar a su lado. Sin embargo, es un poco torpe porque no se da cuenta de que, a su paso, va dejando estelas de su felicidad y la siembra allí donde cae, aunque a veces también merezca estar triste (incontables, porque casi nunca ocurre). Así, pude recolectar un poco para usarlo en el momento de la caída, como cuando el Chico de los Ojos de Café golpeó mi corazón. Con mis Ángeles, la felicidad de la Vendedora, la alegría de mi Primera Dama y las risas de la Chica de la Risa Eterna pude sobrevivir a la marea de los recuerdos, y suerte que rescataron mis lágrimas.



Es precioso, ¿verdad?
Puede salvar muchas vidas.

La Vendedora de Felicidad me enseñó durante mucho tiempo que no hay mayor placer que mirarse al espejo y amar lo que éste te devuelve: . Apreciar cada uno de los rincones de tu silueta, enamorarte de tu propia sonrisa, perderte en tus propios ojos, quererte en todas tus formas: alto, bajo, delgado, gordo, moreno, pálido..., no importa. Repetirte lo hermoso que eres, preguntarte quién pintó esa obra de arte que tienes frente a ti cuando te miras.


Lo mejor que tenemos 
somos nosotros mismos.

Una lección valiosísima que recibí de ella con el paso de los años, y la estoy muy agradecido de haberme enseñado su técnica para tener amor propio. 

La segunda, la Chica de la Risa Eterna (o como vulgarmente la llamo en mi cabeza: la Chica de la Coleta Despeinada) es una muchacha cuyos ojos cambian con la luz del sol: a veces verdes; otras, amarillos. Siempre lleva una coleta muy maleducada, en contra de la opinión de la gente: soltarse el pelo. Desde luego, si llegas a conocerla bien te das cuenta de que, de hecho, hará lo contrario a lo que diga la gente.
Al igual que de la Vendedora de Felicidad aprendí que hay que amarse a sí mismo, la Chica de la Risa Eterna me enseñó que, en base a eso, debemos reírnos de nuestros defectos, de las cosas que no nos gustan de nosotros, ya sea física o personalmente, no importa.


El que no es capaz de reírse de sí mismo
está expuesto a que le duela cuando se rían de él 
-Joker. 

He descubierto que uno se siente muy bien cuando descubre sus defectos y se ríe de ellos. Lo mejor de todo es cuando lo haces públicamente, rodeado de las personas a las que amas. ¡O incluso cuando lo conviertes en una de tus virtudes, y que tus defectos pasen a ser lo mejor que tienes para enseñar al mundo! 
Desde luego, su nombre no viene de esta lección. Está derivado de que ve la vida como un chiste, del cual hay que reírse si no queremos caer en las crueldades del mundo, la sociedad y la realidad. Incluso la Vendedora de Felicidad evoca el mismo valor.



Así, juntando estas dos lecciones, he descubierto una nueva por mí mismo:

Si nos preocupamos 
de hacer caso a la gente, 
¿quiénes seríamos? 
¿Ellos... o nosotros mismos?

Por eso, la Chica de la Risa Eterna no se peina la coleta ni se suelta el pelo: porque dejaría de ser ella misma para agradar a la gente y convertirse en ellos, olvidándose de ser quién es. De la misma manera, la Vendedora de la Felicidad ignora a quién le dice que tal o cual cosa no le gusta, porque a ella sí, y eso es lo que importa



Algunos lo consideran egoísta.
Otros piensan que es puro narcisismo.
Pero ni quererte es un trastorno psicológico 
ni pensar en tu amor propio es despreciar a los demás.

Es simplemente lo que deberíamos hacer todos.

Así que ¿qué tal si te das una oportunidad y te enamoras de ti?



-Principito.

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