El Baile de Ensueño
Saltatio, saltationis: baile, danza.
Insomnium, -i: ensueño.
Insomni Saltatio: El Baile de Ensueño.
Un baile que muy pocos aprecian pero que muchos ven.
Un baile alrededor de la fantasía.
Soñar distraído
mientras estoy despierto,
mientras estoy despierto,
anhelando que lo nuestro
no tenga fin,
no tenga fin,
pero sí una historia.
Me acostumbro a soñar de día acobijado en la cálida soledad, esperando que las historias de capa y espada acudan a mi mente y que los hechiceros me rescaten del embrujo de Cupido... pero nunca ocurre. Al final del viaje por las aduanas del sueño, acabo llegando a un claro con un lago y un bote salvavidas -por si acabo ahogándome en tus ojos-, donde el agua es cristalina y no veo mi reflejo.
Porque allí no hay nadie.
Allí me encuentro con más personas perdidas. Más Niños Perdidos, como Peter Pan. En aquel maravilloso lugar, él se dedica a tocar su flauta de pan y conquistar a las sirenas que se peinan en la orilla. Mientras tanto, el Principito se entretiene colocando las estrellas a su antojo, creando magníficas constelaciones con forma de zorro, de pájaro o de felicidad.
Nunca recuerdo esta última forma.
De repente, me alzo desnudo entre la niebla y me atrevo a pisar el agua; entonces descubro que puedo caminar sobre ella si es lo que quiero, o por el contrario, mojarme en las lágrimas ahogadas que lo componen y ser parte de ellas.
Pero nunca es el día de caer, así que decido caminar y atravesar el lago.
Cuando la imaginación vuela, ella no tiene límite.
Decido calzarme con mis mejores zapatos de baile y danzar entre las letras del sueño, escuchando su fantástica melodía y los planes que tiene reservados para mí.
Vuelvo a aparecer en una calle desierta, igual que mi corazón en ese momento: sin calles que se crucen con personas que se quieren. Está solitaria, vacía por completo, y solo se ven charcos de sueños rotos y cristales de falsos amores que dejan caer la sangre del mal amor a los charcos y los tiñen de rojo.
El amor es como un cuchillo
y solo tú decides si quieres
cortarte con él.
El día ha decidido ser de plata, pero no logro ver la felicidad en ese momento, no consigo entender al mundo que me rodea. Es como si mi garganta se hubiera quedado ciega de gritar, y mis ojos, mudos de ver sufrir al corazón (por no hacer caso a su cabeza).
-No lo hagas -le dice.
Pero el corazón lo ignora y responde:
-No puedo evitarlo.
Así, acaba siendo herido por uno de esos cristales, colocados estratégicamente para hacerle sangrar. Sin embargo, no hay sangre que derramar si no te empeñas en convertir la cicatriz en una herida de nuevo.
Así que me levanto del charco y abro los ojos al cielo, buscando insaciablemente el lado bueno de las cosas, esa belleza que poseen los días de plata. Cuando ya lo encuentro, las lágrimas del cielo se cuelan en mis ojos y en mi garganta para que pueda gritar de nuevo y contemplar lo hermoso de lo que la gente odia.
Mis zapatos pisan los charcos y sacuden los cristales, me deshago de todo lo que me hiere y aprendo que bailar bajo el desastre es la única forma de escapar de la habitación en llamas sin salida de emergencia.
No podemos ver el arcoiris
si el cielo no llora.
Entonces aparece a lo lejos una figura negra, rodeada por el agua que la sacude y las ilusiones que trae en su espalda como globos atados a su corazón.
-Hola -me saluda cortés-, ¿me concedes este baile?
Me pregunto a qué baile se refiere, y entonces entiendo que la música de nuestros maravillosos movimientos es la lluvia, que ha decidido caer al ritmo de Nuvole Bianche (de Ludovico Einaudi). Me agarro de su mano, suave como el agua cristalina del claro, y doy el primer paso a la izquierda. Esa persona me sigue, y vuelvo a dar un paso a la derecha. Después, hacia delante, y de nuevo volvemos atrás sobre nuestros pasos para volver a empezar, girando sobre nosotros mismos, siendo únicos en aquel lugar. Mi única sensación en ese instante es de libertad
porque ya no bailo solo
bajo la lluvia.
Ahora está conmigo,
bailando entre lágrimas.
Seguimos bailando a lo largo de la calle, que no tiene fin sobre el puente de la victoria, que cruza el río de las desilusiones y las tragedias que tienen que superar los héroes para conseguir a su princesa (¿o a su príncipe?)
Al final, solo sé reírme.
Reírme por haber vencido a mi corazón, por haber sobrevivido al filo del amor, por haber cicatrizado las heridas y poder observarlas con nostalgia (pero nunca con tristeza).
Reírme por lograr, una vez más, bailar bajo la lluvia como Kelly, contento de que llueva para tener esa oportunidad de sentirse amado por el cielo, acariciado por la bondad y besado por los mejores labios del Panteón de los Recuerdos.
La persona que me acompaña en el baile también se ríe, y he de decir que tiene una risa preciosa, tanto como ella.
Ojalá pudiera saber quién es, porque lo único que veo es una figura negra cogiéndome de la mano mientras baila y se ríe conmigo, compartiendo ese momento tan mágico con mi alma, unida a la suya por el deseo que hay entre nosotros. Nunca sé de quién se trata, pero sí tengo la certeza de que es él, aunque todavía no pueda verle el rostro.
¿Quién eres, pequeño Niño Perdido, que te cuelas en mi mente y en mi corazón?
Le observo más detenidamente, en silencio.
Es precioso. Él es mágico y me hace sentir cómodo a su lado, llorando en el río con el consuelo de saber que está ahí.
No entiendo cómo puedes
parecerme hermoso
si no sé quién eres.
¿Me ayudarás a descubrirlo?
Una vez, Beethoven dijo: nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo.
¿Por qué no lo rompes y me dices quién eres?
O, al menos, ¿por qué me haces tan feliz?
En vez de eso, me agarra de la mano y abandonamos al pianista que toca sobre el puente. Me lleva hasta su madriguera, sin decir nada, y me invita a pasar, como el conejo blanco que guió a Alicia hasta el País de las Maravillas.
Y así es. Él, de nuevo, me guía hasta su fabuloso rincón y me enseña que con una simple puesta de sol podemos solucionar el mundo y la tristeza sin hacer que llueva. Señala, como un niño, al mar que nos separa del cielo encapotado de arreboles, reinados por el sol y las estrellas.
-¿Veré desde aquí mi asteroide?
Qué pregunta tan absurda.
Puedes ver cualquier estrella
solo si tú quieres que brille
en lo alto del cielo nocturno.
Escucho al cordero de mi asteroide. La risa del Principito y a la Rosa. Está contento porque hay una nueva puesta de sol, así que ha sacado su silla para no perderse ni un segundo de esa maravilla.
-Qué bonita es la soledad cuando estás con la persona adecuada, ¿verdad? Al fin y al cabo, los mejores bailes se hacen en solitario...
Entonces Él me mira y vuelve a sonreír. Sigue siendo hermoso; cada segundo que pasa es vivir otra historia. ¿Puede ser La Historia Interminable, para que esto no tenga fin?
Esa persona, esa belleza, solo sabe besarme el corazón en vez de responderme, sin contestar a mi pregunta (porque ya sé la respuesta).
-Ojalá nos enamoremos, ¿verdad? Eso sería maravilloso.
Y es entonces cuando los globos de ilusiones que llevaba atados al corazón se lo lleva de mi lado, volando hacia las nubes anaranjadas y esperando volverme a ver. Pero la próxima vez con más globos, más desnudo y con más lluvia, para bailar de la mejor manera que sabemos: riendo y con la magia en los talones, dejando estelas de buen sabor para aquellas personas que no saben cicatrizar.
Espero saber quién eres algún día, Niño Perdido, porque haces muy contento al Principito. No sé con quién estoy bailando y viendo las puestas de sol cada vez que decido calzarme,
así que vuelvo
otra vez
solo para verte
en mi Baile de Ensueño.
-Principito.
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