Reencuentro

Dicen que cuando tomamos la decisión de recurrir a nuestros pensamientos solitarios y escapar de la realidad para observarla, luego no regresamos siendo los mismos, que somos irreconocibles a nuestro pasado. 
Bueno. 
Yo no soy nadie para negarlo.

Hoy hace tres meses que cogí el tren que me llevaría a descubrir el mundo y más a mí mismo. Después de todo este tiempo, he vuelto para seguir escribiendo en este diario todas las cosas maravillosas que suceden en todos los segundos de mi vida. 
¿Que qué he hecho durante mi viaje?

Pensar.

Algo tan básico como eso. 
Jamás pensé que llegaría a decirlo, pero... la filosofía sí vale para algo.
Podéis creerme o no. Es una libre opción que pertenece a cada uno. Pero, desde luego, he descubierto algo que empuja a mi razón a estar atento al mundo. Y es impresionante y reconfortante saber en la manera que te puede ayudar eso, la forma en que te abre los ojos y te obliga a admitir aquello que nunca creíste real.

Supongo que todo el mundo piensa que la persona que cambia constantemente de opinión es la menos sabia. Bien. Pues es un error. Quien está cambiando su forma de pensar cada segundo es la más sabia de todas porque piensa constantemente y no se aferra a una sola idea ni se conforma con la suya. Todo está cambiando constantemente. 
Así pues, descubrí una palabra que me define por completo: peripatético. Los peripatéticos eran aquellos que paseaban por los jardines de la Escuela con su maestro y reflexionaban a cerca de las cosas. En otras palabras: pensaban mientras andaban.

Me alegra mucho volver a estas letras. Vuelvo a sentirme más vivo y más cerca del mundo. Echaba de menos hablar sobre mis pensamientos con alguien. Así que quiero recompensaros:
hoy os contaré la mayor historia de mi vida.
Para ello, quiero que retrocedáis en el tiempo. Id al frío y al invierno. A finales de enero. Me gustaría que conociérais a una persona muy especial para mí.
Se llama Leoncito.



-Principito.




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