Las maravillas salen a pasear a las 11:00 a.m.

Tienes por costumbre pasear a tu compañero a las 11:00 a.m. 
Nunca decidí tomar ese camino, y fíjate a lo que me ha llevado desviarme por un día: a verte. No sé de dónde has salido, pero apuesto a que ni tú mismo lo recuerdas. ¿El País de las Maravillas? ¿Será eso...? Porque eres fantástico. No esperaba encontrarme contigo. Tampoco lo hacía con el Chico de la Línea 11, pero oye... al menos ya sé dónde y cuándo encontrarle. 



Tú no me mirabas. Y prefiero que sea así, porque me moriría de vergüenza si lo hicieras. Las cosas salen mejor cuando se hacen despacio, así que ¿me dejas conocerte un poquito?

El Conejo de la Madriguera tiene la tez morena. Sus ojos, azules oscuros, luchan por hacerse notar contra su pelo rubio, en huelga de peinarse. Y su sonrisa, tal vez su mejor arma, abarca toda la felicidad que se le puede ver reflejado en su rostro, de oreja a oreja, con unos hoyuelos que me fascinan.
La alegría con la que juegas con tu amigo, de cuatro patas, no se compara con la de él, esperando a que le lances la pelota de nuevo para regalártela otra vez. Lo acaricias con todo tu cariño y no dudas en hacerle saber lo mucho que lo quieres. Es una imagen muy tierna. Enriquecedora. ¿La veré más días?

Me gustaría acercarme para conocerte. Saber más de ti y descubrir si vienes del País de las Maravillas, o simplemente si lo eres de por sí. 
Pero no puedo.

Las cicatrices que me lamo aún escuecen, 
y mis manos siguen en carne viva. 

Me gustaría encontrarme más contigo. ¿Estarás dispuesto a esperarme tras sanar mis heridas de guerra? Vengo de una aventura caótica, espero que puedas entenderlo. No todos los lugares son el País de las Maravillas, ¿entiendes? Yo acabo de regresar del desastre, y aún no estoy curado. Hay cosas que todavía me atan. El nudo es muy grande y difícil de deshacer. 

Hasta pronto, maravilla.


-Principito.

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